Por: Ing. Alexis José Paparoni…

Primero, definamos qué es mimetizar. Veamos un ejemplo: cuando los animales perciben peligro y quieren pasar desapercibidos acuden al camuflaje. Cambian su apariencia en función del contexto y de la situación. Vertebrados e invertebrados tienen la propiedad de mimetizarse con el entorno para pasar desapercibidos.

Desde hace algún tiempo, me topo con el hartazgo de la ciudadanía en cada recorrido o en cada actividad de calle. Salta a la vista que los venezolanos están hartos del conflicto político y de los enfrentamientos. Y me llama la atención que este ánimo parece desconocer el origen del problema. Pareciera que hemos olvidado los nombres de los verdaderos responsables de las tragedias que nos aquejan desde 1999.

Cada día veo con más frecuencia a un país que se mimetiza… un país que quiere pasar desapercibido o que desea parecerse a la clase dominante, aun cuando no comparta sus ideales.

Es difícil juzgar esta conducta. Ante todo, debemos revisarnos y preguntarnos qué nos pasó. ¿Cómo juzgar a una sociedad que se cansó de pasar hambre? ¿Cómo juzgar a una sociedad que lo dio todo sin ver los resultados esperados? ¿Cómo juzgar a una sociedad que quiere vivir? ¿Cómo juzgar a una sociedad que quiere cumplir sus sueños sin emigrar? Hay muchas respuestas para estos interrogantes.

En un primer impulso, me atrevo a decir que debemos evaluar nuestro proceder como políticos. Quizás, el origen de esta “adaptación” está asociada con nuestras acciones y con nuestras omisiones. Me pregunto: ¿Por qué los políticos dejamos de luchar por mejores condiciones de vida? ¿Por qué los políticos abandonamos la lucha por salarios justos, por servicios de calidad, por justicia verdadera? La anti política extendida debe ser un llamado a nuestra conciencia.

Debemos calibrar la brújula. Debemos evitar cometer los errores que nos han hecho llegar a éste escenario. Hugo Chávez Frías llegó al poder cuando yo tenía 15 años. No conozco otro sistema político. Soy de esa generación que ha crecido en este desastre. No conozco otra cosa. Aquella Venezuela saudita del “está barato, dame dos”, me suena a ciencia ficción. Aquella Venezuela que ofrecía sueldos de calidad que permitían superación, me suena a ciencia ficción.

Para la mayoría de mis contemporáneos, esa Venezuela nunca existió. Es un recuerdo que nunca vivimos. Para cualquier venezolano del S.XXI, comprar una casa, un carro o una nevera, es un sueño casi inalcanzable. Considerando lo anterior, me pregunto si todo lo que hemos vivido y lo que estamos viviendo no es suficiente para animarnos a la lucha por el cambio político.

¿Acaso no lo hemos hecho antes? ¿Cómo salir de esta “mimetización” que ha marcado el ritmo político de 2022? Aristóteles decía que el hombre es un animal racional que siempre está dispuesto a aprender y a no dejarse vencer por las dificultades. Por eso, creo que el primer paso es reconocer el problema. Nos toca a todos aprender de nuestros errores y no dejarnos amilanar.

Debemos sacar a relucir nuestra herencia de lucha. Ejemplos nos sobran. Somos una tierra de hombres y mujeres valientes. En lo personal, me inspira Juan Germán Roscio. Lo tenía todo en contra. Siendo mestizo, no podía entrar al sistema educativo de la época.

Eso no lo frenó. Se hizo abogado, fue diputado de la Junta del 19 de Abril de 1810 y, junto a Francisco Isnardi, redactó nuestra acta de independencia. Hago referencia a Roscio porque los venezolanos somos herederos de esa fuerza libertaria que en el S.XIX inundó Latinoamérica. No nos dejemos amilanar. Tenemos ímpetu. Ganas de soñar en grande. Y ningún grupo, aunque parezca todo poderoso, podrá vencer nuestra voluntad de cambio. Por eso, debemos evitar ser camaleones.

En lo personal, me niego a aceptar ese rasgo de la llamada “viveza criolla”. Venezuela es el país de la gente decente, trabajadora, honrada, noble y justa. El país de verdad, el que “somos”, no se mimetiza. Por eso, me niego a que nos conformemos y los invito a asumir este imperativo histórico. Hago un llamado a todos los sectores de la sociedad a deponer sus agendas y colocar por encima al país, a la historia, a nuestros hijos. Las generaciones futuras nos juzgarán.

Ellos deben conseguir en nuestro país esa tierra fértil para poder ver cumplir sus sueños. «Sólo la unidad del pueblo y la solidaridad de sus dirigentes garantizan la grandeza de las naciones»ANDRÉS BELLO

(*) Legislador del Edo MeridaPresidente Primero Justicia-Mérida