Por: Edgar Márquez…

La política venezolana ahora es una actividad envuelta en una complejidad sin precedentes, sustentada en muchas premisas inciertas y en creencias las más de las veces dadas por un imaginario equivocado.

Hoy, más que nunca, debemos apelar a una gran dosis de reflexión, pensamiento y análisis, primero interior y luego exterior o de los contextos. No de otra forma se puede asumir la búsqueda del acierto para poder andar con pasos seguros y no morir en el intento de aproximarse a la verdad.

La complejidad tiene mucho que ver con los años de desajuste democrático, de desmontaje de lo que conocimos y vivimos, y, sobre todo, de un cambio cultural operado en millones de venezolanos, que, sabiéndolo o no, están inmersos en otras realidades.No hay precedentes como para buscar explicación traída de los tiempos de otros mandatarios, especialmente de los períodos militares del gomecismo y del perezjimenismo.

Si vamos más atrás, corremos el peligro de perdernos en etapas sumergidas más en la barbarie que en la civilidad. Lo cierto es que el Estado que se forjó en la era democrática, prácticamente se ha perdido y se ha desdibujado. Ya no es lo mismo, se los dice alguien que era alcalde en 1992, cuando el golpismo reapareció una madrugada.

Las premisas inciertas nos ponen ante la inefable realidad de que estos tiempos no son equiparables a sus similares del siglo anterior, cuando comenzó la etapa democrática ycuando las reglas del civilismo se imponían, a pesar de los intentos hegemónicos. No debemos olvidar que el triunfo calderista de 1968 se dio en medio de forcejeos por desconocerlo, buscando sus promotores imitar el sistema mexicano, de entonces.

Hoy, el sistema político carece de muchas bondades que tuvo, no tenemos escuelas de fomento de las ideas políticas, carecemos de líderes para ser imitados, están ausentes los grandes conductores de partidos (y estos ya no existen como masas aquilatadas) y el gran contingente venezolano está ausente de todo.

El imaginario popular del pasado ha sido suplantado por otro distinto. Se creía que hacer política era lo propio de una campaña electoral, con descuido de los estudios y formación profesional y de cultura general, y que en consecuencia bastaba con salir a la calle, un candidato, para besar abuelas y alzar niños, mientras un grupo de partidarios aplaudía y otros captaban fotos.

La política del pasado partía del hecho cierto de una admiración del elector hacia sus dirigentes (algunos de los cuales llegaron a ser líderes), contaba con numerosos medios de comunicación social, abiertos y libres, los costos, en mucho, eran cubiertos por el voluntarismo, y no prevalecía el afán de riqueza.

¿Qué tenemos ahora?

El desapego de las mayorías (80%) por el político tradicional o conocido, el rechazo a los partidos, la ausencia de motivación para participar, la creencia de que todos los políticos no son honestos, la idea de que todos engañan y se enriquecen, en fin, un conjunto de fallas y carencias que hacen difícil actuar con éxito.

Claro, asumiendo como tal no solamente ganar las elecciones, sino contar con un apoyo realmente mayoritario, de un gran conglomerado poblacional. Por eso, no todo triunfo es una ganancia para la democracia.

A veces, esos ganadores acaban engañando a su electorado y desaparecen luego de culminar la gestión, sin dejar emoción o buen recuerdo.

De allí mi empeño en seguir recorriendo el Estado Mérida, para decirle a mis sesenta y seis mil electores, y a todos los que no votaron por mí, que podemos seguir andando en medio de la complejidad, con la misma altura de visión, con la misma moralidad y ética, exponiendo una nueva narrativa: la política debe emplearse para buscar la felicidad de todos, la unidad e integración de los afectos, el acuerdo y diálogo como premisa clave, el sentido humanista en cada paso y la seguridad de que en un gobierno auténticamente democrático todos podemos intervenir y contribuir a la felicidad común.

Mi experiencia indica que en cada punto geográfico merideño hay gente que comparte estas ideas y que se sumará en la búsqueda de nuevas alternativas y nuevos horizontes democráticos.*Chávez y los radicales*A propósito de un nuevo aniversario del 4 de febrero.

En aquella fecha, en 1992, el teniente coronel Hugo Chávez, alzó las armas que la República le confió, contra la institucionalidad. Para unos tuvo razón y para los demócratas no las tuvo. No era esa la forma de hacer sus reclamos ante lo que consideraba que estaba mal. Si quería batirse en el terreno político, no era necesario el derrame de sangre.

Yo era alcalde de Santa Cruz de Mora en esa triste fecha. Y la historia ha demostrado, que un fanático y extremista, al llegar al poder, conduce todo a una tragedia.

Así como quienes hoy apelan al insulto y a la descalificación por no entender la política. Nunca apoyé el militarismo, que para aquella época, muchos asumieron como ejemplo de heroísmo y el camino a seguir. Allí están los resultados.

Hoy, quienes pretenden llegar al poder y que también han ensayado posiciones de radicalismo, dejaron pasar la oportunidad de lograr por la vía política, las condiciones necesarias, para evitar que Venezuela y su gente, nos sigamos hundiendo.

Algunos, que posan de intelectuales en sus biografías virtuales en redes sociales, reconocen con sus insultos vacios y mediocridad en asuntos políticos, a quienes de una manera u otra entendemos este asunto.