Por: Héctor Azuaje Mendoza…

El préstamo de categorías de campos de la ciencia como la física o la química para tratar de entender los procesos sociales, es compatible con la perspectiva interdisciplinaria. Ejemplos puntuales de esto la entropía y la resiliencia. Sin embargo, ¿vale este criterio para la concepción filosófica que ha servido, desde la fe, para antagonizar con la teoría de la evolución, es decir, el fijismo?

Quizás pueda resultar inconveniente a la luz de un examen epistemológico. Pero en medio de la necesidad de encontrar conceptos que permitan una mejor comprensión de nuestro presente político, tal vez pueda resultar en un ejercicio favorable.

El fijismo es una teoría o creencia que parte de la apreciación de que las especies biológicas existentes han sido así desde su aparición en el planeta Tierra, sin estar sujetas a procesos evolutivos, ligadas a orígenes comunes que luego se han bifurcado para dar lugar a la diversidad.

Es decir, si aplicamos esta teoría o creencia a dinámicas sociales, deberíamos aceptar que lo que somos como individuos gregarios es inmutable, y por lo tanto vanos esfuerzos serían aquellos que proponen cambios, rupturas o evolución. Visto de otra manera, la libertad, la democracia y la institucionalidad se configurarían como el patrimonio de unas naciones, mientras el autoritarismo, la segregación, la dominación y la domesticación el de otras. Todo esto de forma inmutable.
La lectura de los procesos históricos que han dado forma a la modernidad europea y americana son la mejor demostración de que cualquier intento por reafirmar esta teoría para el análisis social, sería tan improductivo esfuerzo como retomar la fenología para tratar de entender el problema de la violencia sistémica en países no desarrollados.

No obstante, en una Venezuela donde el chavismo ha tornado en una expresión conservadora y dogmática del poder, donde se proponen revoluciones armadas sin armas, donde se procura hacer política desde la antipolítica, y en el que se busca desplazar a la clase militar-civil dirigente apelando a los favores y financiamiento de esa clase política, no resulta descabellado pensar que importantes sectores de la dirigencia, sin saberlo, se han convertido en representantes del fijismo en el campo de lo político.

Cualquier debate sobre la posibilidad de construir un pensamiento político de nuestra época, o la pertinente discusión sobre un proyecto histórico del siglo XXI, pierden importancia ante los mantras trending de las redes sociales, o el anacronismo de visualizar procesos electorales como si se tratara de una simple repartición de cuotas de poder entre partidos tradicionales, en donde hasta perdiendo se ganaba.

Nuestra nación experimenta una fragmentación entre sectores dirigentes empeñados en ejercer el poder a través de un teléfono inteligente, buscando la aceptación de los ciberciudadanos, y otra parte que insiste en rescatar los acuerdos cogolléricos con un actor que juega siempre a garantizar su supervivencia en el poder. Ni articulación de capacidades reales ni negociación exitosa parecen haber sido objetivos de quienes desde el Beverly Hills caraqueño buscan mantenerse ante la opinión pública como operadores plenipotenciarios de la política nacional.

Tal parece que la Independencia y la Democracia del siglo XX son nuestros más importantes e inalterables logros, y por lo tanto poco vale la pena crear nuevas dinámicas sociopolíticas que respondan a nuestro presente, y por supuesto nuestros horizontes de expectativas.

La libertad y el estado de derecho son sin duda alguna el producto del trabajo de venezolanos de otras épocas con una visión más clara de que merecían vivir otros tiempos, y no conformarse a sortear la herencia de dominación, de atraso y de incapacidad para lograr acuerdos en torno al fortalecimiento de instituciones políticas.

Ahora bien, después de años de avances y retrocesos, se ha planteado un nuevo proceso de negociación con la mediación del Reino de Noruega, teniendo como sede México y con el acompañamiento de potencias democráticas y no democráticas, que pudiera abrir una ruta hacia el surgimiento de nuevas visiones de la política, aunque no sea a través de nuevos actores.

Requiere urgentemente el país que la dirigencia política aproveche una coyuntura electoral para centrar el debate en la necesidad de construir instituciones políticas sólidas, y no solo para dirimir quien tiene más o menos tarjetas en el carnaval electorero en el que la precampaña, la campaña y la derrota son los negocios de oportunidad para garantizar seis meses de solvencia económica.

Los tiempos avanzan con rapidez inusitada. Y sobre todo los tiempos de la política nos han sumergido en la tiranía de la coyuntura ante los procesos de mediana y larga duración, haciendo que se convierta en costumbre evadir cualquier debate sobre la recuperación del valor del voto y del derecho a la libre asociación política.

No hemos terminado de entrar al siglo XXI porque parte de nuestra dirigencia en general parece insistir demasiado en lograr el retorno a los tiempos de la conciliación de élites, con quienes han consolidado el esquema decisionista militar que tanto costó desterrar de nuestra cultura política.

Nuevas formas de organizar partidos, nuevas formas de articular sectores y agentes sociales deben emerger más allá de la concepción de que las organizaciones políticas deben ser corporaciones clientelares u organizaciones no gubernamentales con alta eficiencia en el área del marketing de redes sociales.

Hay miles de hombres y mujeres en Venezuela con una amplia claridad a este respecto. Pero hace falta el cemento que permita unir a todos estos como un bloque sólido que dé lugar a una nueva institucionalidad, una nueva democracia y una nueva política.

Podemos y debemos trabajar en una nueva visión de la democracia, más allá del derecho al voto. Eso resultaba valido en un país atrasado y sometido a las particularidades del caudillismo decimonónico. Se debe avanzar más allá de la protección de percepciones cortas del status quo de grupos políticos con tarjeta de presentación, para mirar en nuevos aportes al fortalecimiento de la democracia institucional, desde metodologías distintas en cuanto los sistemas de representación.

Las sentencias judiciales y los mantras de redes deben ser sustituidos por la acción política planificada, basada en el conocimiento de nuestra historia, nuestra cultura y el sentido de identificación con el territorio habitado. Si el chavismo es hoy una forma anacrónica de hacer política, quienes aspiramos a desplazarlos del poder estamos obligados a hacer mirar a los venezolanos hacia un mejor porvenir.